24 de mayo de 2012
Es importante capacitar a buenos formadores para que se alcance con éxito el objeto de la formación, en el ejemplo que nos ocupa, en prevención de riesgos.
1 de marzo de 2011
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Para que toda acción de orientación profesional sea provechosa tanto mejor y de mayor calidad debe ser la formación recibida, pero más aún, si la capacidad de aplicarla es adecuada. Esto sirve para cualquier faceta de la vida en general, y más especialmente en lo profesional, donde no sólo vale dotar de conocimientos y técnicas (orientación teórica), sino que se deben inculcar las actitudes necesarias para llevar a cabo tareas específicas (orientación práctica).
Contribuye sustancialmente un último elemento en el aprendizaje y en su desarrollo, la experiencia previa de la persona. En cualquier caso, la formación debe ser una ayuda a la empresa para conseguir sus objetivos actuales y futuros, preparando a los individuos para realizar una tarea concreta con más eficacia y seguridad.
En relación a esto último, la Ley de Prevención de Riesgos Laborales (LPRL) estableció en su artículo 19 la obligación de formación en materia preventiva a los trabajadores dentro del deber de protección del empresario, debiendo ser ésta teórica y practica, suficiente y adecuada, y estar adaptada a los riesgos. Una gran problemática surge de cara a cumplir la norma en lo referente a "suficiente y adecuada", dado que siempre se estará sujeto al criterio del resultado, del "peso de la prueba", especialmente al producirse daños para la salud del trabajador. Pero por el contrario, su no realización siempre supondrá que las medidas preventivas han sido claramente insuficientes, porque no se ha enseñado al trabajador a identificar el riesgo y enfrentarse a él.
Afortunadamente, diferentes criterios han llevado a establecer elementos mínimos formativos para diferentes sectores productivos, como es el caso de la formación en construcción (Convenio General del Sector de la Construcción 2007-2011), o la legislación especifica en minería, estableciendo contenidos, dedicación formativa, experiencia y características de los formadores. En este último punto queda aún un camino importante por andar, ya que las formaciones deben ser impartidas también mediante profesionales con conocimientos y habilidades en la materia, y es a ellos a los que hay que formar adecuadamente para que no sólo sean meros transmisores de un conocimiento, sino también impulsores de su aplicabilidad. Hablamos de "formar a los formadores".
La figura del formador no está considerada adecuadamente, porque los "formadores" son personas con profesiones determinadas y heterogéneas, con una formación de diferentes orígenes, experiencias diversas, especializaciones variadas, que no obedecen a un perfil concreto y que imparten unas materias determinadas. Y en el mundo de la prevención, estas características se acentúan. Por ello, ¿están los técnicos de prevención suficientemente preparados para ser formadores? La sensación, con independencia de la amplia oferta que existe en cursos y post-grados para "formar formadores", es que aún hay una laguna importante. Existe un enorme abismo entre lo exigido y lo exigible, entre lo que la LPRL demanda y lo que podemos ofrecer como formaciones de calidad (sin menospreciar el buen hacer y la voluntad de quienes en prevención nos dedicamos hace años al esfuerzo adicional de formar a trabajadores, e incluso a futuros técnicos de prevención).
Por otro lado, el técnico de prevención rara vez va a ser formador a jornada completa, ni especialista pedagógico: será gestor y enseñante a tiempo parcial, en aspectos técnicos. No obstante, sería recomendable en el ámbito de la formación en prevención fijar tres niveles:
Reglada inicial y formación continua
Por lo tanto, y dado que el origen de los técnicos de prevención es heterogéneo (diferentes tipos de estudios universitarios), siendo las competencias de cada uno diferentes (hay técnicos en servicios de prevención ajenos, los hay en propios, e incluso técnicos en la propia organización en una función coordinadora), habría que pensar en una formación reglada inicial, y una formación continua, así como una experiencia reconocida.
La importancia de tener buenos formadores suficientemente preparados redundará en el éxito del objeto de la formación, y especialmente la preventiva, por las responsabilidades que ello supone. Casi quince años después del nacimiento de la LPRL se debe ir pensando en mejorar el criterio de la formación, no sólo en los contenidos y su calidad, tal como se está haciendo, sino también en quienes la imparten.
Por su parte, los sistemas de gestión modernos (como OHSAS 18001) estipulan conceptos como la "competencia, formación y toma de conciencia". Para que las personas de la organización trabajen de forma segura debe asegurarse que son conscientes de sus riesgos, de sus funciones y responsabilidades, que tiene competencia necesaria para desempeñar las tareas que tienen impacto en su SST y que reciben la formación para lograr la toma de conciencia/competencia requeridos. Esta faceta debería también considerar los aspectos más profundos de la formación, no sólo debe ser suficiente con justificar la planificación de la formación, o disponer de registros que justifiquen la acción: es importante que se "cierre el círculo" con una adecuada gestión formativa, y en esto debe hacerse un esfuerzo para que nuestra profesión gane peso en los aspectos del adiestramiento, y estemos seguros de que la formación la impartimos porque merece la pena, no por obligación y por cumplir un requisito.
Nuestro buen hacer como formadores debe facilitar que el capital humano de la empresa sea competente, lo que implica "pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo", exigiendo de las organizaciones determinar esos requisitos. Estas deben pensar no sólo en los que les permita trabajar hoy, sino también mañana. Por lo tanto, la formación se orientará a la toma de conciencia y a la competencia.
Para ello, tener un guía que oriente la forma de conseguirlo es esencial: no olvidemos que trabajamos con adultos, con quienes la facilidad de aprendizaje puede estar algo aletargada, y estos adultos forman parte de una sociedad que ya no tolera la ausencia de prevención, ni siquiera por una formación que, aunque quizás suficiente, a todas luces puede ser muy mejorada. La formación preventiva será buena y de calidad en la medida en que los formadores sean buenos y de calidad, y ello requiere una preparación adicional en la que los legisladores deberían empezar a regular. La buena formación permite afrontar los retos del futuro con una visión distinta. No obstante, muchos seguirán pensando que es otro elemento más de gasto. Pero es un error. Capacitar cada engranaje de una organización mejora el rendimiento de la misma y orienta el camino a la excelencia, haciéndola al tiempo competitiva. Es un elemento más de su supervivencia. Y si no, como bien decía un viejo profesor: "Si ustedes creen que la formación y la capacitación es costosa, inténtenlo con la ignorancia".
Rubén Arteaga
Responsable del Área Técnica en Álava de la Sociedad de Prevención de Mutualia
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