24 de mayo de 2012
Malos tiempos corren para las Cámaras de Comercio. En apenas dos semanas han pasado de la tranquilidad que supone tener una gran parte de sus ingresos asegurados a otra situación radicalmente distinta al eliminárselos.
11 de enero de 2011
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A punto de celebrar sus 125 años de andadura, las Cámaras se enfrentan a una de las mayores amenazas en su largo recorrido. Sin comerlo ni beberlo. Sin conocimiento previo. Parece que hay que ahorrar y aquí tenemos 250 millones de euros de las cuotas empresariales a las Cámaras que pueden ayudar a ello. Estamos en crisis y, por lo que parece, las Cámaras se han visto más como una parte del problema que como una parte de su solución, pese a que -entre otros cometidos- aportan numerosas medidas para combatirla, al tiempo que redoblan esfuerzos en informar, asesorar, promocionar y orientar a empresas y administraciones públicas en su lucha contra esa terrible realidad.
De otro modo, no es fácil entender que se quiten de un plumazo las cuotas empresariales a las Cámaras, sin entrar en consideraciones sobre lo que se va a perder con esta medida. En nóminas para controladores aéreos el país gasta más del doble que en la financiación de todas las Cámaras y ahí estamos, negociando con el colectivo, cosa que no se ha permitido a las Cámaras, ni a nivel corporativo ni a nivel de sus trabajadores. No tengo la menor duda de que las empresas, ante la oportunidad de decidir si quieren o no pagar cuotas a las Cámaras, van a optar por un contundente no. Primero, porque eso de no pagar está muy bien visto y, segundo, porque a nadie le pueden obligar a pertenecer a las Cámaras y, además, pagar por ello. Faltaría más. Pero, muchas veces, las cosas no son como parecen, y esta es una de ellas.
Dicho esto, es evidente que casi nadie valora lo que recibe gratis, tal como sucede con muchos servicios de las Cámaras y con su actividad institucional, pero también creo necesario aclarar que lo de la obligatoriedad de adscripción a las Cámaras tiene su razón de ser, que conviene explicar.
Cualquier persona física que nace en cualquier lugar pertenece al país donde ha nacido, lo que le lleva a ser sujeto de derechos y obligaciones. Lo mismo sucede con las personas jurídicas (las asociadas a las Cámaras), que tienen los derechos y las obligaciones de allí donde nacen. Si nacen en un paraíso fiscal, apenas tendrán impuestos y si lo hacen en Suecia la cosa cambia.
Sinceramente, pienso que se puede defender, sin ruborizarse, que pertenecer a las Cámaras más que una obligación podría calificarse como una consecuencia derivada del sistema en el que vivimos, con sus ventajas y sus inconvenientes. Y esto es precisamente lo que debiéramos de discutir.
Hay 88 Cámaras de Comercio en el conjunto del Estado. Algunas están consideradas como corporaciones avanzadas en su gestión de servicios hacia las empresas, aunque también habría que decir que otras tienen un margen importante de mejora. Como todo el mundo. Estoy convencido de que las empresas (no los empresarios, que para eso están las patronales) van a notar más los efectos negativos de la medida adoptada de no pagar las cuotas que los positivos, fundamentalmente por las siguientes razones:
Dicen que no hay mal que por bien no venga. Tras el estado de shock en que se encuentran hoy las Cámaras estoy seguro de que sobrevivirán aquellas que, tras un proceso de reflexión -y como resultado de ello- sepan reconducir sus servicios y sean más eficaces. De este modo nadie va a cuestionar su actividad ni su necesidad.
La gran incógnita es saber si al final las empresas van a ahorrar o van a gastar más para tener unos servicios parecidos. Y si los que van a pagar son los que ahora no lo hacen y los que van a dejar de hacerlo son los que ahora pagan. Eso sí, todos voluntariamente. ¿Me explico?
Ex director general de la Cámara de Comercio de Bilbao
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