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02 de Diciembre de 2008


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El dinamismo empresarial se desarrolla más en unas sociedades que en otras. Descubra qué factores estimulan la creación de empresas y las implicaciones que conlleva a nivel social y económico.
21/07/2008 Cámara Navarra de Comercio e Industria
El emprendizaje (o dinamismo empresarial), considerado como uno de los elementos que impulsan el crecimiento económico, está suscitando mucho interés recientemente. Esta idea ya fue introducida por Shumpeter (1934) quien resaltó la importancia del empresario para el crecimiento económico. Para él, el aumento en el número de empresarios (y, por tanto, de iniciativas emprendedoras) era una fuente de crecimiento económico.
Investigaciones más recientes han puesto claramente de relieve la estrecha correlación que existe entre el dinamismo emprendedor de una sociedad, su crecimiento económico y la generación de nuevos empleos (Wennerkers y Thurik, 1999; Beugelsdijk y Noorderhaven; 2002). Esta relación también se encuentra a nivel regional debido a que las regiones con mayor desarrollo de la empresarialidad están, en principio, más dispuestas al cambio y a identificar nuevas oportunidades de negocio, lo que redunda en una mayor tasa de creación de empresas y de crecimiento de las ya existentes.
Otros trabajos indican que la relación entre el dinamismo empresarial y el PIB per capita presenta forma de U, es decir, el emprendizaje es más elevado en los países con mayores niveles de renta per capita y también en aquéllos menos desarrollados. Esta relación, que podría parecer contradictoria, responde a las diferentes motivaciones para emprender que tienen los emprendedores de acuerdo a su nivel de renta.
Otro aspecto por el que se vincula el comportamiento emprendedor y el crecimiento es su relación con los procesos de innovación y la creación de empleo (Drucker, 1999; Audretsch, 2002; Dejardin, 2000). Los emprendedores suelen tener mayor propensión a innovar debido a su necesidad de entrar en nuevos mercados, lo cual les convierte en fuente de competitividad.
Numerosos autores destacan también la importancia de la dimensión social y el capital humano para explicar el éxito de la creación de nuevas empresas (Kangasharju, 2000; Georgellis y Wall, 2000). Para Pose (1999), los parámetros sociales de una determinada economía (siendo uno de ellos la actitud emprendedora) representan un factor clave para la adopción y adaptación de avances tecnológicos que se traduzcan en crecimiento y desarrollo.
La importancia de la dimensión "social" del emprendizaje es evidente al comparar la iniciativa emprendedora en Europa y Estados Unidos (Eurobarometro 2002). El 45% de los europeos prefiere ser contratado a trabajar por cuenta propia, mientras que en Estados Unidos un 67% prefiere trabajar por su cuenta. El 4,5% de los ciudadanos europeos participa en nuevas iniciativas empresariales frente al 13% de Estados Unidos. Por otra parte, el número de personas que en Europa renuncian a crear una empresa es más del doble que en Estados Unidos. Un factor asociado pueden ser las diferencias en cuanto al miedo al fracaso: en Europa el 46% de las personas revela que no se debería poner en marcha un negocio si existe riesgo de fracaso, mientras que un 25% de las estadounidenses comparte esta opinión.
En definitiva, la capacidad de una determinada región para crear infraestructuras innovadoras de éxito está relacionada con las condiciones sociales de dicha región. De hecho, Hospers y Beugelsdijk (2002) argumentan que las peculiaridades culturales de Silicon Valley y Third Italy hacen que dichos modelos sean muy difíciles de copiar.
Por todo ello, el fomento de la creación y consolidación de las empresas se ha convertido en un aspecto clave de las políticas económicas a nivel estatal y regional en numerosos países del mundo.
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