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¿Innovación radical? Merece la pena

Es difícil proponer una definición universalmente aceptada para el término "innovación". El objeto se complica aún más cuando queremos distinguir entre innovación incremental e innovación radical. Veámoslo mediante un paralelismo.

21/08/2006 AIN, Asociación de la Industria Navarra

Se entiende por biomimetismo el arte de imitar a la madre naturaleza en las hazañas que ha conseguido después de 3.500 millones de años de evolución: hilos más resistentes que cualquier material que nosotros seamos capaces de elaborar; aves con un diseño aerodinámico integral (formas, alas, plumas, sacos aéreos) que les permite realizar acrobacias inimitables para ningún artefacto humano; bacterias que sobreviven en condiciones inimaginables y ¿para qué seguir?

Tendemos a pensar que en la naturaleza estas mejoras se realizan de forma progresiva, a pequeños pasos, mediante innovaciones incrementales. Pues parece ser que no.

El paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould, recientemente fallecido, propone que durante la mayor parte de su existencia, las especies presentan unas características tanto fisiológicas como de comportamiento muy estables. No hay grandes cambios a lo largo de períodos de cientos de miles, incluso de millones de años. Si acaso, pequeñas adaptaciones a medios o circunstancias muy concretas que no hacen perder a esta especie su identidad diferencial. Pero de repente, en la escala de tiempos geológica, y sin necesidad de que estén involucrados meteoritos, hecatombes ni elemento colateral alguno que lo justifique, la especie se transforma: aparecen las flores sin que se acepte de forma universal que existieran mosquitos que las polinizaran, a los peces les salen patas, las patas se transforman en alas y algo parecido a un gorila se pregunta sobre su propia existencia.

Stephen argumenta que la historia de una especie se puede visualizar como una escalera formada por peldaños. Cada peldaño incorpora una zona horizontal, que permite estabilizar el cuerpo y otra radicalmente no horizontal, que es la que permite ganar altura. A esta teoría sobre la evolución se la conoce con el nombre de equilibrio puntuado.

Curiosamente, y a escala humana, se produce también este fenómeno. Así, operadoras de comunicaciones que sesteaban sobre unos modelos de negocio más menos estables durante décadas, descubren la manera de duplicar su facturación cuando el común de los mortales adoptamos, en un tiempo récord y al margen de cualquier previsión, el teléfono móvil. El ordenador se convierte en un artilugio universal no cuando se miniaturizó, sino cuando al ciudadano más adinerado en la actualidad se le ocurrió hacerlo manejable para cualquiera de nosotros. El automóvil lleva siendo uno de los pilares de la economía occidental durante más de ochenta años, no a raíz de su invención, sino a partir de que, de la noche a la mañana, cierto empresario asumió el reto de hacerlo accesible para cualquier ciudadano. Todos identificamos a China como un “país de misiones” y, efectivamente, unos ligeros cambios políticos han convertido a China, en menos de cinco años, en un país de misiones … comerciales.

Los ejemplos anteriores indican que existen empresas que son capaces de modificar de forma radical las condiciones del juego y que el equilibrio puntuado afecta al lanzamiento de nuevos productos (teléfonos), a la forma en la que éstos se usan (Sistemas Operativos), a cómo nos planteemos nuestro modelo de negocio (concepto Ford T), a los cambios políticos que se producen en nuestra Sociedad (China). Pero, sobre todo, y en esto nos diferenciamos de la naturaleza, a la ambición con la que estemos dispuestos a provocar (y digo provocar y no afrontar) estos cambios.

En mi opinión estamos muy bien preparados para sobrevivir en la zona más o menos llana de la escalera. Disponemos de gurús que nos explican las razones que han provocado el caos que nos rodea y, por nuestra parte, cada vez sabemos mejor la forma en la que hemos de plantear nuestra estrategia competitiva de forma metódica, orientada al cliente, tenaz e innovadora. Posiblemente no exista otro camino. ¿O sí?

Aunque se trate únicamente de un sueño en una noche de verano, ¿hemos pensado alguna vez en modificar las reglas del juego y ser nosotros los que impongamos el cambio?. ¿No hemos pensado en alguna ocasión, frustrados por tanta brega y tanto talento dedicado a “seguir vivos”, en ponernos a la cabeza del pelotón y que sean otros quienes nos sigan?

Pues la innovación radical no es más que una respuesta a las preguntas anteriores en términos de: Sí quiero.

Encontraremos una senda plagada de dificultades. Nos recordarán que éste es el camino más seguro para arruinarnos. Deberemos cambiar la cultura de nuestra organización. Tendremos que actuar de otra manera, pensar a lo grande … y pasárnoslo también en grande, porque, cuando miremos hacia atrás, descubriremos que nos hemos situado en otro peldaño, que hemos modificado la posición del punto de “equilibrio puntuado”.

¿Merece la pena animarse? Al menos, nosotros tratamos de convencer a todos los que nos quieren escuchar de que así es.

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