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01. Documentación

Artículos

Conferencias y conferenciantes

Reflexiones sobre ponencias y cómo quienes tienen algo que decir llegan a su público de la mejor forma.

04/12/2006 José Enebral

En estos últimos años he aprovechado numerosas oportunidades para escuchar a expertos en sus ponencias sobre la dirección de empresas, la formación, la inteligencia y, en general, los recursos de los seres humanos, y también he participado yo mismo como disertante en jornadas diversas. He podido así reunir algunas reflexiones sobre esta forma especial de hacer fluir experiencias y conclusiones, dentro del saludable empeño de extender los campos del saber, y así progresar. Creo, en efecto, que vale la pena observar con alguna perspectiva analítica estas eternas y universales formas de compartir el saber, tan directas e intensas.

Se trata de eso: de hacer fluir el conocimiento; algo especialmente necesario en esta Sociedad de la Información, que a menudo parece sobre todo la Sociedad de la Informática. Los eventos a que se nos convoca constituyen puntos de encuentro en vivo, entre quienes tienen algo reciente e interesante que aportar y quienes desean acceder a esas aportaciones. También pueden estos eventos presentar un carácter visiblemente comercial, pero pensemos ahora especialmente en el flujo del saber técnico o científico, en la profundización en el potencial de los seres humanos, en compartir el aprendizaje permanente a través de las conferencias o ponencias.

La propia publicación de artículos y libros constituye una forma sólida de compartir, tanto el nuevo saber como inquietudes y opiniones diversas; pero sin duda merece una especial atención la exposición oral y presencial en el marco de jornadas más o menos resonantes. Instituciones de ámbito público y privado materializan frecuentemente este tipo de iniciativas —jornadas, simposios, congresos, etc.—, movidos por diferentes inquietudes y propósitos, pero siempre contribuyendo a la extensión de los campos del conocimiento. Profesores, investigadores, consultores, directivos, profesionales y expertos en general, nos muestran sus estudios y conclusiones en diferentes áreas, mediante intervenciones muy medidas en tiempo y contenido.

Dentro de lo que me parece más inusual, fui llamado, en Zamudio (Vizcaya) y en 2004, a hacer una exposición de cuatro horas de duración sobre un aspecto —las competencias informacionales en nuestro tiempo— que todavía considero de máxima actualidad en la gestión del conocimiento en las empresas, y la idea me preocupó; me pareció un desafío porque, no contando con los recursos de participación de un workshop, pensé que era mucho tiempo para estar continuamente hablando ante una audiencia. Me armé de pantallas en un extensísimo ppt, y al final, aquella tarde de septiembre, me faltó tiempo: todavía me siento en deuda con los asistentes, que resistieron pacientemente. Pero la duración habitual parece en efecto situarse por debajo de la hora, de modo que el contenido constituye una especie de píldora de conocimiento o de experiencia, que resulta relativamente sencillo ingerir y digerir.

Como asistente, me he encontrado a menudo con ponentes que nos relataban sus logros en materia de formación en las empresas, de marketing, de dirección de personas..., aunque también se comentan algunos fracasos o errores. Los casos de éxito —una frecuente modalidad en las ponencias— se nos presentan como referencias a considerar y quizá imitar, y aquí tengo que recordar también que algunos expertos predican justamente que no imitemos, sino que innovemos (escuché asimismo a Ridderstrale en Madrid).

De modo que la exposición de casos constituye una parte importante en las conferencias que se organizan, y ello sin que las experiencias sean, en general, directamente aplicables a otras organizaciones. Puede parecer a veces llamativo el hecho de que un experto insista en asegurar, oralmente o por escrito, que éstas o aquéllas son las claves del éxito o del fracaso en determinada área, porque las cosas suelen ser más complejas; pero la convicción del ponente es normalmente bien recibida por la audiencia, que no interpreta los mensajes al pie de la letra.

Al comentar el nivel de alegación (de lo meramente informativo o asertivo, a lo persuasivo, si no se llega más lejos) que adopta el conferenciante, nos situamos en el plano cognitivo; pero del plano emocional podemos igualmente hablar: los ponentes pueden transmitir conocimientos, pero también sentimientos, entusiasmos e inquietudes, quizá en correspondencia con su perfil sociocultural o su mera personalidad. No parece, por ejemplo, que Ohmae, junto a sus muy interesantes dosis de información, transmita visibles sentimientos, pero sí lo hacen ostensiblemente Peters, Covey, Maguire y otros conferenciantes famosos; en efecto, vemos exposiciones templadas y también otras más cálidas, apasionadas, llenas de sintonía y aun complicidad con la audiencia, y ello a veces con cierta independencia de las tesis que se defienden. Quizá, entre el estilo japonés y el americano aquí sugeridos, quepan otros, incluyendo uno europeo a mitad de camino; pero en realidad cada conferenciante, como cada individuo, es único.

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