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08 de Enero de 2009


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El camino hacia el cliente es un camino arduo y poco claro que, además de no ser siempre gratificante, muchas veces es un inútil esfuerzo que algunas veces acaba en nada, y en otras muchas acaba en nada bueno.
29/08/2007 Cristina Morales Flórez
Esfuerzo e inversión abocados a un fin, a una relación que tal vez, y con un poco de suerte, cuente con un exiguo presente, pero con un futuro incierto. Nuestra aspiración y empresa debe ser aquella que nos permita establecer una alianza intachable, una unión indivisible, un maridaje perfecto. Mediante todo tipo de estrategias, debemos captar a nuestro cliente, él es nuestro reto, nuestra pica en Flandes. Tenemos que conquistarle y como decía Benedetti, nuestra estrategia debe ser: "que un día cualquiera, no sé cómo ni sé, con qué pretexto, por fin me necesites" (Táctica y Estrategia: Mario Benedetti). Debemos lograr una dependencia.
La dependencia emocional de nuestro cliente debe ser una pura necesidad de nuestros servicios, debemos conseguir que solo piense en nosotros y en nuestro "savoir faire” y que encima, lo cuente, y lo cuente mucho. ¿Pero, cómo conseguir esta sana dependencia? ¿Cómo lograr que el cliente, como la canción, nos diga aquello de "solo pienso en ti"?, ¿cómo lograr que este difícil y tortuoso noviazgo acabe con una esplendida y triunfal marcha nupcial, en aquellos tiempos que éstas eran por siempre y para siempre?, ¿cómo salir victoriosos en nuestro particular juego al revés del gato y el ratón, dónde el cliente nos apremie hasta la extenuación con el único fin de adquirir nuestros servicios?
La estrategia es a priori sencilla, y se dibuja con claridad. Debemos ser capaces de crear una dependencia emocional, entendida ésta desde la base de una deuda sentimental, como clara respuesta a un impecable servicio, a una inmaculada asistencia. El servicio al cliente se debe basar en una exquisita educación hacía él. Es necesario establecer una empatía que nos permita adelantarnos a sus deseos y ser capaces de poder cumplir con creces sus necesidades y anhelos. La educación, las exquisitas formas, el saber hacer, el eficaz adiestramiento, la clase en el trato, cortesía en la conducta, actitudes, tácticas, delicadeza, galantería, maestría, respeto máximo, consideración.
Observar, interpretar, intuir, discernir, pueden ser habilidades que nos apoyen en nuestra estrategia. No podemos personalizar el servicio si no conocemos al cliente. Esperarle a "puerta gayola" es un riesgo que no podemos ni debemos asumir. Es nuestro deber hacerle único y que se sienta como tal.
Rudeza, descortesía, grosería, desconsideración en las formas, insolencia, ignorancia, altanería… etc. no solo nos alejaran de nuestra meta, si no que tratar de regresar de este destierro personalmente impuesto, puede ser una empresa cuanto menos complicada. ¿Dónde se encuentra el momento del cambio? El punto de inflexión radica en "querer hacerlo, y hacerlo bien", la motivación y la ganas se reflejan en el servicio, llegan al cliente, lo embriagan y le seducen de tal manera que olvida a todos sus otros pretendiente y se rinde finalmente a nuestros servicios.
Así como en Breda, debemos ser un elegante Ambrosio de Spínola recogiendo con galantería y educación las llaves que nuestro vencido cliente, Justino de Nassau, nos entrega mientras internamente pensamos "chapeau"!
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