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03 de Diciembre de 2008


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La intuición constituye un plus para nuestro conocimiento y nuestra inteligencia; un refuerzo al que no podemos renunciar en la economía del conocimiento.
20/06/2007 José Enebral
Si ya abrimos espacio en la década anterior a las emociones en la empresa, parece llegado el momento de que la intuición salga de la semiclandestinidad en beneficio de nuestro aprendizaje, de nuestras decisiones y de nuestro empeño y desempeño tras los resultados. Nuestro perfil competencial se ve ciertamente enriquecido por la intuición: ésta nutre nuestra empatía, creatividad, perspicacia, prudencia, sagacidad, objetividad, perspectiva…
Nos amparamos en la razón y lo seguiremos haciendo, pero lo cierto es que la intuición nos acompaña cada día en el trabajo; nos ayuda a advertir riesgos, a identificar oportunidades, a confiar o desconfiar, a percibir realidades ocultas, a comunicarnos, a reaccionar en ocasiones especiales, a fluir en la tarea, a encontrar soluciones innovadoras, etc. Cuando la inteligencia consciente no resuelve, incubamos la contribución intuitiva, que también aparece de modo súbito o automático, si tiene algo importante que decirnos. Parece, en efecto, haber otra inteligencia, subyacente y más potente, que nos acompaña en las relaciones interpersonales, en la toma de decisiones, en la solución de problemas o en la orientación de esfuerzos. La intuición no viene a constituir una alternativa a la razón, pero sí un complemento valioso que ésta —la razón, a veces poco receptiva— no debe desestimar: un complemento a cultivar.
El lector habrá tenido experiencias similares: una solución repentina a lo que llevaba tiempo intentando solucionar; una buena idea, quizá matutina, aplicable en su cometido; un sólido sentido de dirección, de camino por el que hacer avanzar su esfuerzo; un sentimiento de confianza (o desconfianza) hacia una persona, un asunto, un proyecto, una información…; una sensación visceral de advertencia sobre riesgos o peligros; una interesante abstracción o conexión, surgida súbitamente del estudio de una documentación; una epifanía anuente o reprobadora, o quizá reveladora sobre una inquietud que le desazonaba; una igualmente reveladora y oportuna interpretación o inferencia durante una conversación… Todo esto, y alguna más, son manifestaciones cotidianas de la intuición a las que no podemos ni debemos renunciar.
La intuición, un complemento valioso para la razón
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