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08 de Enero de 2009


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Hoy en día ninguna organización debe permanecer ajena a su entorno. Conozca a través de este artículo en qué consiste ser una empresa socialmente responsable, optimizando los recursos de los que dispone.
30/10/2008 Cámara Navarra de Comercio e Industria
Toda organización, ONG o empresa, con cualquier forma jurídica, tiene como objetivo organizar unos recursos disponibles, tanto en términos de euros como del tiempo de su personal, para producir un bien o servicio que pondrá a disposición de la sociedad. Y, en consecuencia, lo primero que la sociedad espera de ella es que sea eficaz en la consecución de sus objetivos.
Ahora se ha tomado conciencia de que, además de ser eficaz, una organización también debe ser eficiente. Y, ya más recientemente, y entramos de lleno en la responsabilidad social, hemos visto que debe desarrollar su trabajo de forma sostenible.
Conseguir los objetivos marcados y hacerlo con el mínimo de recursos es el primer ejercicio de responsabilidad que todo directivo debe realizar. No es nada responsable socialmente, aunque el fin que persigue sea muy loable, que una compañía se dedique, por ejemplo, a construir plantas potabilizadoras en África, si le cuesta más tiempo y más dinero que el que tendría que emplear otra organización para hacer lo mismo. Por lo tanto, entendemos la responsabilidad social también como la optimización de unos recursos escasos para la sociedad.
Es conveniente que las empresas utilicen sistemas de gestión estructurados y basados en una planificación estratégica, e implementados a través de planes de gestión anuales con elementos institucionalizados de seguimiento, control y detección de futuras posibilidades de mejora. Es una obviedad decir que, o uno piensa a dónde quiere ir y trata de dirigirse hacia allí o, si no, llegar a ese destino dejándose llevar será una casualidad. Sirva esto para resaltar que, sin planificar, es imposible alcanzar un objetivo.
En cualquier organización es importante planificar tanto en el corto como en el largo plazo, y en el ejercicio de planificación, lo segundo tiene que preceder a lo primero y debe primar la flexibilidad.
Hay un defecto común a todas las organizaciones, una inercia que cuesta mucho romper, y es que piensan demasiado en el corto, cortísimo plazo. Se tiende a gestionar lo urgente, y siempre se deja para mañana lo importante, lo que puede ser crucial y marcar nuestra supervivencia en el futuro.
Vamos a poner un ejemplo: No me preocupo de las relaciones con mis posibles clientes hasta que no tengo una propuesta que he presentado y que quiero que me firmen, o no me preocupo de cómo tendría que cambiar mi proceso productivo para exportar hasta que la demanda interna no ha caído un 30%.
Por otro lado, quien paga a los directivos, no lo hace por hacer cosas: les paga por pensar, o, mejor dicho, por pensar en el largo plazo. Tienen la obligación de pensar qué va a ser de la organización que dirigen, tienen una responsabilidad con las personas que forman su equipo, son sus empleos, y para que puedan tener un trabajo en el futuro, hoy alguien se tiene preocupar de tratar de dibujar ese futuro.
Y la mejor forma que tienen los directivos no sólo de preocuparse por el futuro de sus organizaciones, sino de ocuparse de ellas, es realizar una adecuada planificación estratégica.
Es importante llamar la atención en este punto, porque, hasta hace muy poco tiempo, y todavía es así en algunas empresas, estaba muy presente en las organizaciones el perfil del directivo que "ejecuta", más que el del ejecutivo que piensa. Y, para que una organización sea responsable, es necesario que todos sus miembros lo sean. Sería injusto e improcedente pensar que solamente el empresario debe ser responsable; también deben serlo los directivos y todos los trabajadores.
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