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01. Documentación

Artículos

Sobre la productividad del trabajo en España

Hay que dirimir si el deterioro de la productividad ha sido consecuencia inevitable de desarrollos positivos para la economía española, o si hubiera sido deseable un crecimiento más elevado de esa variable.

28/01/2004 Expansión y empleo

José Luis Feito (Miembro del Consejo Editorial de 'Expansión' y 'Actualidad Económica')

El bajo crecimiento durante estos últimos años de la productividad laboral se ha convertido en uno de los ejes centrales del debate económico electoral. Antes de analizarlo, conviene delatar algunos errores habituales en la elección del patrón de medida para enjuiciar el comportamiento de la productividad en el periodo 1996-2002.

En algunas críticas de la política gubernamental se compara el crecimiento de la productividad durante este periodo con el ritmo de avance registrado en el quinquenio precedente y en otros con la evolución durante los veinte años anteriores al primer gobierno del PP. Ninguno de estos procedimientos es correcto, el primero porque compara un proceso expansivo (1996-2002) con otro recesivo (1990-1995) y el segundo porque compara una evolución esencialmente coyuntural con otra tendencial; nada impide, en principio, que el crecimiento anual medio de la productividad laboral en el periodo 1996-2016 termine siendo igual o superior al registrado en el periodo 1975-1995.

También carecen de sentido las comparaciones con las cifras de otros países obtenidas de etapas cíclicas de signo diferente a la vivida por la economía española en el periodo 1996-2002; e igualmente irrelevantes son las comparaciones con países cuyo nivel de paro al comienzo de su etapa expansiva o cuyas cifras de inmigración durante el periodo hayan sido muy inferiores a las nuestras.

Más adecuada e interesante resulta la comparación con la etapa ascendente por la que discurrió nuestra economía entre 1985 y 1990. Según las cifras de contabilidad nacional, el crecimiento anual medio de la productividad laboral a lo largo de aquellos años fue aproximadamente el doble de la cifra correspondiente al periodo 1996-2002. Desafortunadamente, a veces el pasado de las macromagnitudes es tan impredecible como su futuro. Según todos los indicios disponibles, la reconstrucción de las series de contabilidad nacional en curso revisará al alza el crecimiento anual medio del PIB y, en menor medida, la creación de empleo durante los años 1996-2002.

Lo más probable, empero, es que aunque las cifras de crecimiento de la productividad resultantes sean superiores a las actuales continúen siendo inferiores a la media del periodo 1985-90. Así pues, aceptando que el crecimiento de la productividad del trabajo en los últimos años se ha desacelerado con respecto al ritmo de avance conseguido durante la anterior etapa expansiva de nuestra economía, la cuestión fundamental que hay que dirimir es si dicho deterioro de la productividad ha sido la consecuencia inevitable de desarrollos positivos para la economía española o si por el contrario hubiera sido deseable un crecimiento notablemente más elevado de dicha variable.

Periodo corto

El comportamiento de la productividad durante un periodo relativamente corto, digamos de alrededor de cinco años, está habitualmente determinado sobre todo por fuerzas cíclicas y en mucha menor medida por factores institucionales, que por otra parte hunden sus raíces en periodos anteriores.

En efecto, la evolución de la productividad en este relativamente corto plazo suele depender muy poco de lo que en el transcurso del mismo ocurra con el sistema educativo, la inversión en infraestructuras o el gasto público y privado en investigación y desarrollo. A largo plazo, los impactos de los flujos y reflujos del ciclo tienden a compensarse entre sí y queda lo que se puede denominar el crecimiento biológico o tendencial de la productividad.

Este crecimiento tendencial está fundamentalmente determinado por variables tecnológicas, por el sistema educativo y por el marco fiscal y legislativo que incide en la acumulación de capital. Un deterioro de este crecimiento a largo plazo de la productividad, digamos durante periodos superiores a veinte años, es siempre una mala noticia para un país ya que el crecimiento anual medio de la productividad en periodos tan dilatados tiende a coincidir con el de la renta per cápita. En periodos relativamente cortos como los que estamos analizando, sin embargo, la renta per cápita y la productividad no guardan una relación tan estrecha y un bajo crecimiento de la productividad puede ser un reflejo de fenómenos positivos para el país.

En principio, siendo todo lo demás igual, el crecimiento anual medio de la productividad en periodos relativamente cortos será normalmente más bajo en aquella serie de años en los que el nivel de desempleo inicial sea más elevado y en los que se registren mayores aumentos de la población activa. Por otra parte, el crecimiento de la productividad del trabajo será también habitualmente más bajo en años caracterizados por bruscas caídas del tipo de interés real y del tipo de cambio real que en periodos en los que ambas variables registran subidas muy acusadas.

Cuando, como ha ocurrido desde 1996, se combinan todos los elementos anteriores, el crecimiento de la productividad ha de ser inferior al de periodos como el transcurrido entre 1985 y 1990, y ello aun cuando hubieran aumentado más rápidamente que antaño la innovación tecnológica, la inversión en infraestructuras o la calidad del sistema educativo. Veamos a continuación los mecanismos que explican este comportamiento de la productividad.

En primer lugar, se ha de recordar que los salarios reales tienden a coincidir con la productividad, siendo el nivel de empleo el mecanismo de ajuste entre dichas variables. Si los salarios reales crecen por debajo (encima) de la productividad, antes o después se acelerará (ralentizará) la creación de empleo por unidad de producto, disminuyendo (aumentando) así el crecimiento de la productividad hasta situarse cerca del de los salarios reales.

Los salarios reales, a su vez, tienden a crecer más o menos según el nivel de paro involuntario existente al comienzo del periodo y el aumento de la población activa en el transcurso del mismo, si bien la intensidad y el perfil temporal de estos movimientos dependen de la flexibilidad del mercado de trabajo. El desempleo masivo acumulado en los primeros años 90 terminó quebrando la rigidez a la baja de los salarios reales y estas bajadas indujeron notables aumentos del nivel de empleo por unidad de producto o, si se prefiere, caídas del crecimiento de la productividad en los años subsiguientes. Así, el crecimiento anual medio de los salarios reales durante el periodo 1996-2002 ha sido la mitad que el registrado en 1985-90, en correspondencia con los diferentes ritmos de avance de la productividad alcanzados en uno y otro periodos.

Por otra parte, el fuerte aumento de la población activa durante estos últimos años, resultante de la inmigración y de las mejores expectativas de empleo, ha mantenido las presiones a la baja sobre los salarios reales (y por tanto también sobre la productividad laboral) haciendo posible el largo proceso de crecimiento intensivo en trabajo durante el periodo 1996-2002.

Bajada de tipos de interés

En segundo lugar, cuando se registra una bajada intensa de los tipos de interés reales se suelen desarrollar con especial intensidad aquellos sectores que producen bienes de capital cuyos periodos de elaboración son más dilatados o que se pueden disfrutar durante un mayor número de años. Entre estos sectores destaca la mayoría de infraestructuras, la construcción de viviendas u oficinas, y en menor medida los que producen bienes de consumo duradero. Mientras que la demanda de este tipo de bienes es muy sensible a los tipos de interés, su producción es intensiva en trabajo, de manera que su creciente peso en la economía comporta un aumento del empleo por unidad de producto, presionando así a la baja la productividad.

Evidentemente, una expansión de estos sectores tan fuerte como la registrada (teniendo en cuenta, además, que el ya de por sí espectacular crecimiento de la construcción se revisará casi con toda seguridad al alza en las nuevas series de contabilidad nacional) sólo es posible si, junto con la bajada de tipos de interés, se ha producido un aumento de la oferta de empleo a salarios reales más o menos constantes suficientemente intensa como para hacer rentable y posible dicha expansión. Por otra parte, una acusada depreciación del tipo de cambio real, como la que tuvo lugar entre 1995 y 1999, impulsa sobre todo nuestro principal sector exportador, el turismo; un sector éste muy intensivo en trabajo de forma que su mayor crecimiento relativo ocasiona igualmente un deterioro de la productividad laboral. La expansión de la construcción, el turismo y algunos sectores productivos de bienes de consumo duradero acarrea un crecimiento igualmente intenso de múltiples sectores auxiliares cuya utilización de empleo por unidad de producción es también superior a la media de la economía reforzando los señalados efectos bajistas sobre el ritmo de avance de la productividad.

La creación del euro y la intensa bajada de los tipos de interés ha incidido también negativamente sobre la productividad laboral a través de otras vías. Así, por ejemplo, las mayores empresas españolas han aprovechado la posibilidad de contar con una oferta de financiación inusitadamente abundante y barata para expandir sus actividades en el exterior, reduciéndose con ello el crecimiento de la inversión en nuestro país y por ende ralentizándose el avance de la productividad. Téngase en cuenta que los flujos de inversión española directa en el exterior durante el periodo 1996-2001 han supuesto más de la mitad de la inversión nacional en bienes de equipo a lo largo de estos años.

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