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08 de Enero de 2009


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El control de la vida emocional y su subordinación a un objetivo resulta esencial para mantener la atención, la motivación y la creatividad. Existen unas pautas para conocer las propias emociones.
25/04/2005 Enrique Sueiro (Universidad de Navarra)
Estoy enfadado. Mucho. Esta circunstancia típicamente desaconseja hacer nada que puede repercutir en otras personas, como escribir un artículo. Sin embargo, continúo. Apenas he redactado un párrafo y ya me doy cuenta de que no es para tanto… aunque sigo enfadado. Bastante.
Aristóteles (Ética a Nicómaco) lo bordaba: "Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo".
Difícil encuadrar todo lo que rodea a un enfado y, una vez más, escribir este artículo resulta muchísimo más fácil que practicar su contenido. Aun así, existen principios que pueden ayudar de alguna manera a alguien en algún momento. Lo mejor que he leído -y contrastado con la realidad- se encuentra en la obra más conocida de Daniel Goleman (Inteligencia emocional). Con base en las competencias de la inteligencia emocional referidas por el psicólogo de Harvard Peter Salovey, Goleman aporta casos reales y explicaciones asequibles de neurología. El autor glosa y desarrolla este modelo conceptual en 5 pasos.
Nos conviene mucho saber qué personas y qué situaciones nos producen alegría, tristeza, ansiedad, entusiasmo, etc. En el caso del enfado, puede suceder que sepamos de antemano que acudir a cierto lugar o encontrarnos con determinada persona alterarán negativamente nuestro estado anímico. Por tanto, saberlo es el primer paso… que no siempre damos.
Para automotivarse, equidistancia entre el optimismo ingenuo, que ni recuerda el pasado ni prevé el futuro, y el pesimismo desesperanzado, que ciega toda posible mejora.
Esta habilidad facilita comprender -no necesariamente justificar- comportamientos, decisiones y modos ajenos que nos contrarían… y provocan nuestros enfados. Según la función que desempeñemos con respecto a otras personas en la familia o en el trabajo, la empatía nos brindará un poder notable para armonizar, conciliar, inspirar confianza y aglutinar voluntades.
Leídos los 5 puntos anteriores, sigo enfadado, pero empiezo a plantearme que no merece la pena. "El enfado es la más seductora de las emociones negativas porque el monólogo interno que lo alimenta proporciona argumentos convincentes para justificar el hecho de poder descargarlos sobre alguien. A diferencia de lo que ocurre en el caso de la melancolía, el enfado resulta energizante e incluso euforizante", sobre todo, en quienes fluye sangre por las venas en lugar de horchata.
Por consiguiente, conviene desactivar esa conversación con uno mismo. Un remedio, "volver a encuadrar la situación en un marco más positivo". De lo contrario, es fácil que se encadenen sucesiva y exponencialmente enfado, rabia, ansiedad, estrés, violencia… O sea, de mal en peor. Esto es lo que ocurre cuando descargamos un enfado previo con alguien ajeno a la situación. Con frecuencia el entorno familiar sufre los efectos de las crisis laborales y viceversa.
"El primer modo de restar fuerza al enfado consiste en prestar la máxima atención y darnos cuenta de los pensamientos que desencadenan la primera descarga de enojo (esta evaluación original confirma y alienta la primera explosión, mientras que las siguientes sólo sirven para avivar las llamas ya encendidas). El momento del ciclo del enfado en el que intervengamos resulta sumamente importante porque, cuanto antes lo hagamos, mejores resultados obtendremos. De hecho, el enfado puede verse completamente cortocircuitado si, antes de darle expresión, damos con alguna información que pueda mitigarlo".
Cuenta Antonio Machado (Juan de Mairena) que un alumno presentó a Mairena un trabajo en cuatro partes: la primera, contra los que aceptan los banquetes en su honor, por considerarlos fatuos y engreídos; la segunda, contra los que declinan el honor de los banquetes, por hipócritas y falsamente modestos; la tercera, contra los que asisten, por parásitos del honor ajeno; y la cuarta, contra los que no asisten, por envidiosos. El maestro preguntó cómo pensaba titular ese trabajo, a lo que el estudiante propuso: "Contra los banquetes". El profesor sugirió otro más ajustado al ánimo del joven autor: "Contra el género humano, con motivo de los banquetes".
A veces, parte de la terapia pasa por contar con un buen amigo consejero. Otras, conviene distanciarse física o, al menos, mentalmente de la persona causante de nuestro enfado. Varios expertos coinciden en la sencilla receta de un paseo para enfriar nuestro microclima caldeado.
Hace 18 párrafos estaba muy enfadado. Ahora va a ser que no y, además, con una sonrisa. A ver si me dura.
Enrique Sueiro
Profesor asociado de Comunicación de la Universidad de Navarra
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