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08 de Enero de 2009


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Las personas con las que trabajamos forman, inevitablemente, parte de nuestra vida. Mediante la comprensión de algunas actitudes y formas de actuación podremos lograr mejorar la calidad de vida en nuestro ámbito laboral.
30/08/2005 Enrique Sueiro (Universidad de Navarra)
Unanimidad en lo fundamental: todos queremos ser felices. Y aquí se acabó el consenso porque el cuadro de mi felicidad ofrece formas, intensidades y colores distintos de los de Pilar o Antonio. Quizá ni siquiera coincidimos en el marco. Además, mi propio cuadro cambia con el tiempo que transcurre, las personas que conozco, los conocimientos que adquiero, las experiencias que vivo...Ignoro dónde está el secreto, pero intuyo que una pista fiable nos lleva a equilibrar tres líneas de fuerza vital: inteligencia, voluntad y afectividad. Aunque casi siempre se citan por separado, probablemente las tres constituyen una unidad próxima a la del binomio cuerpo-alma o materia-espíritu.
Perfilar esa armonía supone esfuerzos de conciliación en dúos frecuentemente antagónicos, como el manido currículum-vitae: mucho currículum y poca vida; y con frecuencia, ni eso. Esos binomios se configuran como fuerzas opositoras entre las vidas laboral-familiar o laboral-personal. En estas pugnas, que cada uno libra como puede, la comunicación senti-mental o racional-afectiva juega un papel determinante, aunque no exclusivo.
Quien no entiende una mirada tampoco comprende una explicación
Suele decirse que quien no entiende una mirada tampoco será capaz de comprender una larga explicación. Con base en esta frase cabe adentrarse en facetas menos convencionales de la comunicación humana y en su trascendencia para la vida, en general, y el trabajo, en particular. Como todo lo importante y verdadero se halla interconectado, resulta difícil deslindar los componentes estrictamente personales, institucionales, psicológicos, laborales, etc. La metáfora de entender una mirada guarda cierta relación con lo que afirma Joaquín Sabina en una de sus canciones, cuando recuerda con nostalgia que “una casa sin ti es una oficina”. Tergiversando la letra para optimizar su mensaje y adaptarlo al entorno laboral, podríamos tararear algo así como que “una oficina contigo es como estar en casa”. Cada uno tendrá su propia experiencia, pero fácilmente todos podemos identificar a alguien con quien nos iríamos al fin del mundo… incluso a trabajar.
Teniendo en cuenta que, habitualmente, uno no elige a sus compañeros de trabajo, merece la pena agudizar la sensibilidad para comunicar y percibir con tino lo que piensan y sienten quienes nos rodean. Esta labor adquiere especial relevancia en los responsables de otras personas.
No, no se trata de sustituir la materia gris por la salsa rosa en la empresa. Tampoco reducir las relaciones laborales a gestión de sentimientos. Basta con ubicarlos en el lugar que les corresponde para que la racionalidad empresarial incluya el adjetivo “humano” no sólo a efectos de marketing y declaraciones bienintencionadas. Las aportaciones de conocimientos mejoran la corporalidad o anatomía de una empresa. Además, los mejores sentimientos de quienes piensan añaden un plus de vigor institucional.
5 sentidos y 5 sensibilidades
Ni la vida ni el trabajo deben reducirse a un cotilleo barato de trivialidades sentimentaloides. Ni eso ni el extremo opuesto de basarse en la pura gestión racional. Como enseña Antoine de Saint-Exupéry (El principito), “sólo se puede ver correctamente con el corazón, lo esencial permanece invisible para el ojo”. Aunque sobre este asunto resulta mucho más fácil escribir artículos que practicar su contenido, sugiero algunas combinaciones de sentido y sensibilidad, por si aportan alguna utilidad para alguien en algún momento.
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