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08 de Enero de 2009


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Vinculada a la razón, la intuición debería salir de la semiclandestinidad en el mundo empresarial. Constituye un sólido refuerzo para el conocimiento, y asiste a muchas de nuestras facultades y fortalezas, como la perspicacia, la prudencia, la creatividad, la perspectiva sistémica o la visión de futuro.
17/04/2007 José Enebral
La intuición empieza a sonar como buzzword en el mundo empresarial, también quizá debido al creciente interés por las posibilidades del cerebro. "A menudo has de confiar en la intuición", dice Bill Gates, y es que, para resultar competitivos, no podemos preterir ninguna facultad. Son, en verdad, muchas las fortalezas y facultades a cultivar junto al conocimiento, en la empresa del saber; pero hay razones para que nos detengamos en ésta: en la intuición genuina.
Para empezar, si comparamos la velocidad con que podemos procesar conscientemente información -apenas unos cincuenta bits por segundo como máximo, tal como lo expresan los expertos-, con la capacidad de todo el sistema nervioso inconsciente -más de diez millones de bits por segundo-, resulta que, sin duda, atesoramos en nuestro desván interior (o mejor, en nuestros sótanos) una gran cantidad de información cuyo más completo aprovechamiento -mediante la fenomenología intuitiva- constituye un reto a asumir.
En efecto, apenas podemos estar en dos conversaciones a la vez: si estamos hablando por teléfono, casi no podemos atender a nuestro entorno, que sin embargo está continuamente generando hechos, experiencias… Felizmente, la atención determina qué información llega a la conciencia, y la memoria inconsciente se encarga de almacenar el resto, aunque sin evaluar su rigor, su fundamento, sus aplicaciones: de esto se encargará la inteligencia intuitiva llegado el momento. De esta información a que tiempo atrás no atendimos, se pueden extraer experiencias, conexiones, abstracciones, deducciones, hipótesis, vías de solución, formas (códigos) de comunicación, analogías, etc., que, procesadas con un fin específico, contribuyen al fenómeno intuitivo.
La intuición bebe de diferentes fuentes, pero una de ellas es sin duda el inconsciente adquirido, que se solapa con la experiencia acumulada, el conocimiento tácito, la memoria de largo plazo… Todo esto merece mayor detenimiento y también mayor rigor neurocientífico; pero podemos convenir en esto: hay interesantes saberes que poseemos sin ser conscientes de ello, y que afloran en la fenomenología intuitiva. Y también estamos de acuerdo en la importancia de aprovechar todo nuestro atesorado saber, en esta economía del conocimiento y sin dejar de aprender continuamente.
Recordemos ya que los seres humanos somos una conjunción de lo heredado, lo adquirido y lo elegido, y que, en el desempeño profesional, directivos y trabajadores del saber estamos continuamente decidiendo, evaluando, pensando, enfocando la atención, imaginando, previendo, actuando… En todas estas opciones hay ciertamente sensible presencia de lo que hemos aprendido conscientemente; pero también la hay de lo aprendido sin darnos cuenta: el inconsciente se deja ver en nuestros sentimientos, nuestras elecciones, nuestras manifestaciones, nuestro hacer cotidiano. Aceptamos que nuestra personalidad es algo inconsciente; a veces, incluso decimos que somos bastante irracionales… El inconsciente está presente unas veces para bien (fruto, por ejemplo, de una incubación intuitiva, de un instinto, de la inspiración...) y otras para mal (fruto quizá de un prejuicio, de una arraigada creencia equivocada, de un posible trauma...).
Nuestra conciencia habría de identificar y analizar bien los impulsos del inconsciente y buscar una conciliación, si posible fuera. Si tenemos prejuicios, aprensiones o asunciones inconscientes, la razón debe como tal identificarlos en pro del autoconocimiento; si somos de natural curiosos, quizá no podamos evitar meter las narices; si somos perseverantes, no se nos podrá pedir fácilmente que abandonemos; si somos íntegros, difícilmente se nos podrá pedir que prevariquemos… En el caso específico de los mensajes intuitivos del inconsciente -de la intuición genuina-, hay que recordar que aparecen dotados de un marchamo de certeza, de una convicción singular, que sirve a la razón para identificarlos debidamente: se trata de un mensaje "elaborado" dispuesto a surtir efecto.
No obstante lo anterior, la razón no va a decir sí a toda intuición: reconocerla no significa refrendarla. Podríamos haber incubado una solución sin haber definido bien el problema, y eso confundiría a la inteligencia inconsciente-intuitiva; podrían haber aparecido nuevos elementos a considerar... Si penetramos suficientemente en los problemas, si vivimos intensamente el aquí y ahora de nuestro desempeño profesional, la intuición aparecerá y con ella el acierto. Puede incluso presentarse en forma de fluidez intuitiva, algo que nos recuerda los estudios del profesor Csikszentmihalyi sobre el disfrute por el alto rendimeinto.
La intuición es, en efecto, una especie de inteligencia del inconsciente que aflora a la conciencia para contribuir a nuestra efectividad. El inconsciente se manifiesta a veces confundiendo o limitando a la razón, y generamos entonces conductas algo irracionales; pero también se manifiesta en otras ocasiones de modo inteligente y oportuno, con una idea valiosa, una solución adecuada, un plus de perspicacia, un certero juicio inexplicable, la visión de lo subyacente, la sensación de confiar o desconfiar… Nos muestra un camino a seguir, nos advierte de riesgos, nos ilumina oportunidades…
Dentro de la vida empresarial cotidiana, a directivos y trabajadores del saber, la intuición asiste en:
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