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07 de Septiembre de 2008


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Los rasgos personales de de los mejores aprendedores, sus características, su capacidad de autocrítica y creatividad...
01/04/2008 Nanfor Ibérica
Quizá no todos militamos entre quienes aprovechan las oportunidades de aprender continuamente, pero sí que somos muchos los adheridos a este mandato dentro de la economía del saber. Podría hablarse de una serie de atributos personales -fortalezas- que caracterizan a los mejores aprendedores; a los que con mayor efectividad y satisfacción de dan al aprendizaje y desarrollo profesional, en provecho propio y de sus empresas.
Lo sabemos: el aprendizaje permanente parece constituir un mantra cardinal en la economía del siglo XXI; un mandato inexcusable para el profesional del saber y el innovar. Todos, directivos y trabajadores, debemos mejorar continuamente nuestro siempre perfectible perfil profesional; hemos de adquirir nuevos conocimientos y destrezas técnicas que se integren debidamente en nuestro acervo, pero también hemos de cultivar competencias de carácter personal (soft skills) en pro, y pos, de los resultados.
A ello contribuye la ingestión y digestión de información (dentro y fuera de la formación orquestada) idóneamente presentada en fondo y forma. Hemos de llegar a la información precisa, pero también tenemos que convertir el aprehendizaje en aprendizaje: todo un ejercicio de síntesis, en el más químico sentido del término. Nuestro desempeño profesional ha de beneficiarse de los nuevos conocimientos, como de las nuevas habilidades, facultades y conductas incorporadas.
Con suficiente perspectiva, debemos entender el aprendizaje en todo su significado, como un desarrollo personal hacia la máxima efectividad en nuestro cometido, sin dejar de catalizar la deseable satisfacción profesional. Haciendo una interpretación etimológica, diríamos que aprender viene a significar “perfeccionarse siguiendo un camino”, y el camino viene dado por la trayectoria profesional elegida. Pero, ¿estamos capacitados y preparados para aprender?, ¿en qué fortalezas cognitivas, emocionales y volitivas nos apoyamos para desarrollar nuestro potencial?
Sin duda, la voluntad ha de orientarse; tenemos que desear el aprendizaje y desarrollo profesional, y desplegar tenacidad y concentración en el empeño. Naturalmente, hemos de partir del necesario autoconocimiento, y ser conscientes de nuestras fortalezas y debilidades, para intentar neutralizar estas últimas y aprovechar las primeras. De modo que el mejor aprendedor se caracteriza por:
1. Autoconocimiento y autocrítica.
2. Afán de aprendizaje y mejora.
3. Tenacidad y concentración, ante las actividades de aprendizaje.
Sí, pero… ¿conocemos a fondo las dimensiones en que autoevaluarnos? No bastaría, por ejemplo, examinar nuestro nivel de inteligencia cognitiva, sino que habríamos de evaluarnos en diferentes modalidades del pensamiento: conceptual, analítico, sistémico, sintético, reflexivo, crítico, divergente, conectivo… No bastaría observar la inteligencia intrapersonal como un parámetro, sino que es preciso distinguir entre flexibilidad, integridad, resistencia a la adversidad, energía psíquica… Sigamos observando los rasgos del mejor aprendedor, situados ya ante la información de diversa índole, de que vamos a extraer conocimiento:
4. Pensamiento crítico.
5. Rigor inferencial.
6. Establecimiento de conexiones y abstracciones.
Dando por supuesto que poseemos conocimientos y facultades para comprender y sintetizar la información a que accedemos, lo que cabe enfocar es la necesidad del pensamiento crítico ?necesario para evitar falsos aprendizajes?, junto al rigor en las inferencias y el establecimiento de conexiones y, en su caso, abstracciones. Estos rasgos, y otros, se precisan en efecto para traducir la información a conocimiento sólido, valioso y aplicable.
El pensamiento crítico es un pensamiento de excelencia, abonado a la objetividad y el rigor; un pensamiento de alta calidad que contribuye a la efectividad profesional. Para Richard Paul y Linda Elder, y a este fin, nuestro pensamiento habría de dotarse de independencia, integridad, humildad, empatía, imparcialidad, entereza, perseverancia y subordinación a la razón. El pensador crítico es por lo tanto humilde y precavido, aunque exigente, audaz y valiente; es perspicaz, agudo y penetrante, casi como el del famoso personaje de Arthur Conan Doyle. El pensador crítico es además tenaz y perseverante, aunque abierto y razonable; es independiente e íntegro, sin olvidarse por tanto de la ética en el manejo de la información; es justo, imparcial, sin dejar de ser flexible y empático. De este modo nutrimos nuestra objetividad, y nos aproximamos a las realidades (que aún así se nos escapan, empero, en alguna medida).
Al referirnos a los pensadores críticos estamos haciéndolo, por consiguiente, a quienes piensan con esmero, asegurando la validez de cada inferencia, dudando de su propia percepción de las realidades y cuestionando también el rigor y el propósito de cada información, antes de darla por buena: son personas que, con la información, se muestran exigentes y aun, en cierto modo, desconfiadas. Dicho esto, ya se verá que estamos ante una facultad muy deseable en la Sociedad de la Información. No podemos convertir la información en conocimiento sin comprobar su solidez e interpretarla debidamente.
Pero sigamos destacando elementos diferenciales de los mejores aprendedores; de aquellos que son capaces no sólo de aprender, sino también de generar conocimiento, de crear, y expandir así los campos del saber. No pensemos sólo en los investigadores científicos, porque todos los profesionales, en la economía del saber y el innovar, habríamos de constituir una especie de microcentros de I+D. A partir de la información que nos rodea, se nos demanda creatividad: un concepto éste muy complejo.
La creatividad abre espacio de contribución a todas nuestras facultades y fortalezas, incluyendo el pensamiento crítico, deductivo, conectivo y abstractivo de que hablábamos; pero también cabe relacionar la creatividad con:
7. Perspicacia.
8. Intuición.
9. Serendipia.
En efecto, ante la información presente en la conciencia, la agudeza en el pensar nos lleva al iluminador destello perspicaz; además, la concentración en los problemas cataliza la contribución intuitiva genuina, y a ésta, que sabe aprovechar todo nuestro saber inconsciente, debemos no pocos avances técnicos y científicos… ¿Qué decir de la serendipia, o serendipidad?
Como sabemos, el término (serendipity) fue acuñado por el cuarto conde de Oxford en 1754, aunque con un significado algo diferente al que atribuimos hoy. Hoy apuntamos a la sagacidad que procura conclusiones valiosas a partir de casualidades. Así surgieron el horno de microondas, el pegamento SuperGlue, el velcro, la penicilina, algunos edulcorantes… Si el lector no se identifica con la experimentación o el ensayo en su trabajo cotidiano, sí al menos se habrá encontrado, en sus frecuentes accesos a información, con algunos contenidos de alto interés aunque no respondieran a los patrones de búsqueda. El individuo aliado con la serendipia posee la sensibilidad precisa para detenerse en la casualidad en vez de pasar de largo; cuenta con sagacidad para detectar aplicaciones valiosas a sus descubrimientos casuales.
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