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10 de Enero de 2009


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El concepto de estrés psicológico se podría definir como el estado del organismo que intenta compensar el daño que pueden provocarle determinados factores agresores de muy diversa índole.
07/06/2007 Alfonso Santiago Marí
Las personas en general nos hallamos sometidas al estrés cuando el grado de exigencias que nos demanda el medio en el que nos encontramos sobrepasa a nuestra capacidad de control, lo que puede conducirnos a tener un funcionamiento anómalo, irregular y desorganizado. Por decirlo de un modo más sencillo, el estrés psicológico surge cuando nos encontramos ante circunstancias de exigencia que nos provocan ansiedad y que nos obligan por ello a reaccionar de un modo rápido y decidido para solucionar los problemas, consiguiendo aliviar así dicha ansiedad.
Son muchos los factores que van a determinar una vivencia distinta del estrés. La edad, el sexo, la raza, la ocupación laboral, el temperamento personal o factores educacionales y familiares van a establecer la base de una realidad diferente y una respuesta variable ante el estrés. Las armas de que dispone cada persona para combatir esta situación son muy diferentes de unos a otros y se ponen en juego según la capacidad de la propia persona para defenderse de las agresiones. Esto conlleva que un factor claramente estresante para una persona puede no serlo para otra y que existan individuos con una tendencia excesiva al estrés, a pesar incluso de no tener motivos destacados para ello.
Respecto al sexo, por ejemplo, diversos estudios realizados en grupos de hombres y mujeres han intentado encontrar diferencias en la manera de comportarse o defenderse ante el estrés. Las conclusiones de tales estudios, en su mayor parte, suelen no encontrar grandes diferencias entre los sexos. En otros estudios en los que se han tenido en cuenta otras variables como la situación socio-económica, la raza, las responsabilidades profesionales o el tipo de personalidad, las diferencias encontradas sí han sido significativas en la mayoría de los casos.
Muchos expertos aseguran que el estrés no tiene por qué ser un fenómeno negativo y que por tanto, un cierto nivel de estrés en la persona puede favorecer una respuesta más ágil y rápida ante los problemas que se le puedan plantear. Sin embargo, la rapidez y la agilidad no tienen por qué ser cualidades parejas a la eficacia; muchos otros expertos asumen como algo bien demostrado que la ansiedad crónica puede perjudicar a medio y largo plazo la salud y que no es verdad que en un medio confortable y libre de estrés no sea posible obtener un alto nivel de rendimiento personal o laboral.
Ya sea para bien o para mal, lo cierto es que el estrés psicológico, cuando somos capaces de controlarlo adecuadamente, nos hace estar más alerta y más dispuestos a actuar (como un estudiante ante un examen inminente, por ejemplo), pero también nos agota física y psicológicamente en caso de establecerse de manera crónica como una manera habitual de funcionar en el día a día.
La manera en que el estrés puede producir un daño, también puede venir dada por el sobre-estrés, denominando así a un exceso de estrés tan notable que acaba sumiendo a la persona en un cuadro de intensa ansiedad que ha consumido todos sus recursos defensivos y que deteriora gravemente su bienestar personal.
Los posibles efectos perjudiciales del estrés psicológico son variados y se pueden resumir en los siguientes: alteraciones gástricas (úlcera gastroduodenal, gastritis, etcétera), arritmias cardiacas, insomnio, disfunciones sexuales, fatiga crónica, depresión, hipertensión arterial, etc. Se ha llegado a proponer incluso una relación significativa entre el estrés y enfermedades graves como los trastornos cardiovasculares o el cáncer.
Los factores provocadores de estrés pueden provenir de los diferentes medios en los que desarrollamos nuestra vida, que son básicamente tres:
La ciudad es un medio plagado de factores estresantes. Determinados estudios científicos, que han explorado el grado de estrés de las personas que residen en un medio urbano en comparación con las de un medio rural, han encontrado claras evidencias de una mayor presencia de este problema en el hombre de la ciudad.
Las claves de esta diferencia bien podrían residir en la multitud de agentes estresantes asociados a la vida en la urbe. De ellos podríamos hacer una clasificación dentro de los siguientes apartados:
A todo ello se le suma también el menor tiempo de ocio por la exigencia de tener que dedicarle mayor tiempo al transporte, con un menor empleo de tiempo para realizar actividades vitales como alimentarse adecuadamente, relajarse o disfrutar de modo pleno de las relaciones personales. Por otro lado, la convivencia en las ciudades es más discreta y anónima y, paradójicamente, no permite reductos adecuados de intimidad o calma tan necesarios para el conveniente descanso. Además la vida urbana, en la mayoría de las ocasiones, no sirve precisamente como sustrato ideal para el fomento de las relaciones vecinales, amistosas e incluso familiares, lo que es tan necesario para llevar día a día una vida más feliz.
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