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10 de Enero de 2009


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El estrés, el agotamiento, la hipertensión o la angina de pecho pueden aparecer en cualquier momento de la vida aunque, sin duda, las posibilidades se multiplican cuando el estilo de vida no es el apropiado, como sucede con frecuencia entre los ejecutivos.
15/06/2007 Clínica Universitaria de Navarra. Departamento de Comunicación
Aunque tener un puesto como ejecutivo en una empresa no constituye un factor de riesgo, ya que estos profesionales no están expuestos a tóxicos ni a determinadas situaciones de peligro, los hábitos laborales que adquieren pueden ser perjudiciales para su salud.
Las enfermedades que sufren estos profesionales son propias también en buena parte de la población en general, y se pueden dividir en dos: trastornos funcionales y orgánicos. Entre los primeros se encuentran todas las situaciones derivadas de un estrés intenso, que depende fundamentalmente del puesto de responsabilidad, del tipo de trabajo y de la motivación personal.
Es decir, cuando el trabajo implica un alto nivel de exigencia por la responsabilidad de tener que tomar decisiones y afrontar problemas dentro de la empresa, la persona sufre un mayor desgaste. El agotamiento se presenta también cuando el trabajo que se realiza no es ordenado, no hay una planificación de tareas, se acumulan las labores y no se fija un horario para la jornada. Otro factor determinante para la aparición del estrés tiene que ver con la falta de motivación personal, con la ausencia de satisfacción en la labor que se realiza. Cuando estos factores se perpetúan en el tiempo suponen un riesgo para el ejecutivo, y pueden terminar ocasionando lo que se conoce como síndrome del 'burn out' -el que se quema en su profesión-, una situación que condiciona la tarea diaria y merma el interés por el trabajo y la capacidad para desarrollarlo.
Ante esta situación, los síntomas son variados: palpitaciones, cuadros de opresión torácica, dificultad para respirar, contracturas cervicales y dolores de cabeza. También son comunes otra serie de problemas como la ansiedad, la angustia, la depresión y el insomnio.
Para saber si el estrés constituye en sí una enfermedad hay que atender a la intensidad con la que se produce y a la propia persona, ya que se considera patológico cuando el organismo no puede hacer frente a una situación de tensión y alerta constantes.
Según explica el doctor Javier Lavilla, especialista de la Clínica Universitaria de Navarra, es normal tener algo de estrés, pero si éste se mantiene constante pasa de ser una reacción de defensa a una situación patológica, que varía en función de la capacidad de resistencia personal, diferente en cada persona y muy ligada a la estabilidad física y psíquica.
Este estrés puede venir motivado también por una inadaptación al trabajo tras las vacaciones, lo que se conoce como "síndrome postvacacional", ya que para muchas personas volver a la rutina laboral origina una serie de trastornos, también entre los ejecutivos.
El cambio en el ritmo de vida tras las vacaciones puede desencadenar problemas para conciliar el sueño y una dificultad para adquirir un tono vital óptimo. El horario de las comidas también se ve alterado, generando en ocasiones una falta de apetito, y el cansancio aparece como consecuencia de un reposo de peor calidad y una dieta no adaptada al ritmo de vida habitual. Además, el trabajo puede volverse caótico al tener que resolver innumerables asuntos que se han acumulado, indica el doctor Lavilla, quien advierte de que se puede llegar a una situación de bloqueo.
A su vez, la convivencia se hace más difícil, por lo que puede aparecer un estrés en todos los miembros de la familia. También son comunes los trastornos gastrointestinales, la falta de aire al respirar y la sensación de angustia, lo que influye claramente en los quehaceres habituales. Todas estas molestias repercuten también en las relaciones personales, que pueden volverse más irascibles, y se puede llegar al aislamiento y a padecer cuadros depresivos.
Por ello, es importante tratar pronto esta situación indeseada manteniendo la calma y el orden y elaborando un plan real sobre los asuntos que se tienen que resolver en el trabajo, priorizando en todo momento los más urgentes. Esa agenda tiene que respetar siempre los periodos de descanso.
Es imprescindible también llevar una dieta sana, con alimentos frescos y sanos y un aporte adecuado de fibra que ayude a controlar los cambios en el ritmo intestinal.
El ejercicio físico no debe abandonarse, sobre todo cuando se ha aprovechado el verano para iniciarse en su práctica, y hay que realizar un esfuerzo y valorar aquellos aspectos que resultan positivos en el trabajo. Resulta útil mantener ciertas aficiones o aprender a disfrutar de los fines de semana.
En caso de que los síntomas padecidos sean muy importantes, hay que acudir a un especialista que determine la necesidad o no de comenzar un tratamiento farmacológico para afrontar este problema.
Para no tener que llegar a este extremo, es importante tener en cuenta unas pautas preventivas como planificar bien el período vacacional -es preferible dividir ese tiempo en dos tandas de quince días para evitar la desconexión completa con la vida habitual-. Si no se hace así, habrá que reservar los últimos días para volver a un ritmo de vida más cercano a la normalidad.
Algunos especialistas recomiendan no hacer coincidir la vuelta al trabajo con el lunes ni llevar un ritmo de vida muy caótico durante las vacaciones. Lo ideal es mantener un horario de descanso y una dieta similar a la habitual.
Pero además de a estas situaciones desagradables, los ejecutivos se tienen que enfrentar en ocasiones a diversas enfermedades orgánicas, entre las que se encuentran los eventos cardiovasculares -hipertensión- y los cardíacos -anginas, cuadros isquémicos coronarios, etc-. También los trastornos metabólicos surgen con frecuencia en este colectivo, entre ellos los problemas de colesterol, de ácido úrico, de glucosa y los procesos respiratorios crónicos, comunes entre los ejecutivos debido fundamentalmente a sus hábitos de vida, ya que en muchos casos, además del propio estrés, hay que sumar el sedentarismo, el consumo de tabaco o de tóxicos como la cocaína y las dietas erráticas -comer fuera de casa y sin horario regular-.
El doctor Javier Lavilla considera que el consumo de cocaína y de otras drogas constituye un problema entre estos profesionales. Se detecta con cierta frecuencia y se está convirtiendo para muchas personas en un estilo de vida, ya que consumir este tipo de estupefacientes aumenta el rendimiento y disminuye la sensación de fatiga. Sin embargo, estas sustancias generan en los ejecutivos una costumbre, por lo que para conseguir el mismo efecto requieren más dosis, lo que acaba por generar una dependencia física y psíquica.
Ante esta situación, que cada vez está afectando a gente más joven, la experiencia entre los profesionales de la CUN demuestra que los ejecutivos que quieren desengancharse de este problema, o cambian radicalmente de estilo de vida o fracasan, ya que muchos de ellos se apartan durante meses del trabajo pero, en cuanto vuelven, recaen. Esta situación conlleva un mayor riesgo e incidencia de infartos, así como de problemas graves neurológicos y trastornos psiquiátricos -brotes de esquizofrenia, paranoicos, etc-.
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