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10 de Enero de 2009


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¿Ha sentido alguna vez miedo al enviar información a través del correo electrónico? Descubra cómo asegurar los datos en la Red y acceda a algunos consejos sobre la elección de contraseñas en Internet.
07/09/2005 consumer.es
Los correos electrónicos pueden cifrarse para que el emisor tenga la certeza de que sólo el receptor accede a su contenido. Firma digital
No obstante, la encriptación también tiene sus problemas. No todo el mundo está dispuesto a sufrir el engorro de cifrar y descifrar cada mensaje que le llega. Por eso, los programas de encriptación permiten quedarse a medio camino entre la seguridad total (que al menos implica que emisor y receptor se pongan de acuerdo sobre cuál de los sistemas utilizar) y la alegre despreocupación con la que se remiten en la actualidad la mayoría de e-mails. A ese medio camino está la firma digital. Al final de cada correo electrónico se añade una serie de números y letras creadas ad hoc para ese mensaje en particular. Con la aplicación apropiada, el receptor puede comprobar si el remitente es quien dice ser, y, lo que es aún más importante, si el mensaje ha sido manipulado durante su trayecto por el ciberespacio. Cifrar o firmar digitalmente los mensajes no es patrimonio exclusivo de usuarios avanzados. Cualquiera que disponga de los tutoriales apropiados (Kriptopolis.com dispone de documentación muy práctica) podrá instalar un programa de esta índole. Después, el acto mismo de encriptar o firmar un envío se limita a hacer clic en un botón de la aplicación habitual de correo electrónico.
Esteganografía: opción más avanzada
Por cierto, para los más precavidos está la esteganografía. En la criptografía clásica, el remitente está seguro de sólo las personas autorizadas entenderán el mensaje. Sin embargo, lo que el emisor no podrá ocultar será que la comunicación ha tenido lugar. Un ejemplo, si encontramos una carta cifrada de Pedro a Juan no la podremos leer, pero sí sabremos a ciencia cierta que Pedro le ha dicho algo a Juan. Además, se ha tomado la molestia de usar un método criptográfico para que nadie conozca el contenido de la comunicación. Y eso, hoy por hoy, resulta sospechoso.
Ahí entra en juego la esteganografía, una técnica que oculta la mera existencia de la comunicación. Hay programas de ordenador capaces de empotrar cualquier información en las fotos digitalizadas de la última visita al parque de atracciones, también los hay que construyen textos simples que no levantarían sospechas (parecen estar escritos por niños), tras los que se esconden los mensajes auténticos. Y es que, ¿quién se va a molestar en intentar la desencriptación de una información que no parece estar encriptada?
Dudas razonables
Sin embargo, todos estos sistemas suscitan dudas razonables. Un juez puede decretar la intervención de un correo o de una línea telefónica, pero, no hay forma física de descifrar un mensaje sin la colaboración de su propietario. Organizaciones de defensa de la libertades civiles en Internet, como la Electronic Frontier Foundation, defienden el uso de la criptografía argumentando que el hecho de prohibir las técnicas de cifrado sólo ayudará a los criminales, ya que las técnicas están tan extendidas que ellos no tendrán problemas en seguir usándolas, mientras que el común de los mortales se verá privado de un derecho básico como es la privacidad. En definitiva, se trata de la enésima reedición del viejo debate sobre el equilibrio entre seguridad y libertad.
Abracadabra
En el mundo digital las llaves no tienen por qué ser físicas. Las claves (palabras o números que el interesado cobija en su memoria) son indispensables para encender el teléfono móvil, sacar dinero de un cajero automático, conectarse a Internet o leer el correo electrónico. En definitiva, para identificarnos como el usuario legítimo de esos objetos. Pero, ¿cómo escoger una clave segura? Una sucesión aleatoria de números y letras (como sX8c76d) es prácticamente infranqueable, pero del todo inútil. Si la clave es demasiado complicada resultará difícil de recordar. Por el contrario, claves obvias como el equipo de fútbol o el nombre del perro pueden ser descubiertas con un poco de astucia por parte del asaltante digital. De hecho, cualquier nombre o palabra común es potencialmente peligroso; hay programas concebidos para rastrear enormes diccionarios y probar miles de términos hasta encontrar con el que abre el cerrojo electrónico. La solución, como en casi todo, radica en el equilibrio entre comodidad y fiabilidad, aunque hay pequeños trucos para conseguir passwords eficaces.
El sistema más habitual es utilizar palabras comunes a las que se añade faltas ortográficas de forma intencionada: ecclipse, varko o hislote. Resultan fáciles de recordar (la evidencia del error ayuda a que se fijen en la memoria) y no hay diccionario que pueda recoger el conjunto de alteraciones posible.
Otra técnica más refinada, y que crea claves que podrían parecer aleatorias, es el uso de refranes o muletillas: clbdvvcpltar, lo que es lo mismo, las siglas de "Cuando las barbas del vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar". Cuanto más imaginativa y personal sea la frase, menos posibilidades habrá de que alguien la averigüe.
Y, por supuesto, no se debe jamás apuntar la clave y mucho menos entregarla a nadie. No hay ninguna razón para que una empresa que le haya permitido tener una clave se la pregunte después.
PGP
www.pgp.com
Privacidad Bastante Buena (Pretty Good Privacy). Curioso nombre para uno de los sistemas de cifrado de documentos más laureados de todos los tiempos. La decisión de ocultar el código fuente (las tripas) del programa PGP ha motivado los recelos de un numeroso grupo de usuarios que ha creado alternativas libres y trasparentes como GnuPG, que cuenta, incluso, con el apoyo del gobierno alemán.
Electronic Frontier Foundations
www.eff.org
Organización que defiende las libertades civiles de los cibernautas. Desde sus orígenes se ha destacado por promover una Red que, en vez de un gigantesco mercado, sea un foro común donde prime la libertad de expresión y el respeto a la privacidad de los usuarios.
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