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02 de Diciembre de 2008


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La Unión Europea ya ha realizado un importante recorrido a pesar de tener que coordinar y aunar las ideas de muy diferentes países, pero llega el momento de plantearse qué debemos ser como unión y qué queremos ser dentro de unos años.
15/01/2008 Punto Global
Tal como comentamos en alguna tribuna anterior, la Comisión Europea ha decidido elaborar un plan estratégico comercial con carácter prioritario. Esta decisión no es una casualidad.
A raíz del rápido crecimiento reciente de nuestra Comunidad surgen polémicas -algo por otra parte absolutamente natural en un foro con voces tan dispares-, acerca de qué debemos ser como Unión, y el delicado equilibro de ésta con la diversidad y personalidad de cada una de las naciones, culturas y nacionalidades que la componen.
En boca del ministro de asuntos exteriores británicos, David Miliband, Europa debe aspirar a convertirse en una “potencia modelo” y no en una “superpotencia”. Una fuerza modélica a la hora de ejercer una presencia mundial en términos de desarrollo. En su opinión, no alcanzamos el listón de superpotencia, ya que, según sus propias palabras “una superpotencia es, en esencia, una entidad hegemónica, única y con personalidad diferenciada”.
Los británicos son maestros de la elipse, pero sus palabras no pueden ocultar el carácter individualista del país al que sirve. Sin embargo, Miliband, uno de los británicos más pro-europeos que ha llegado al poder, sí que sostiene la necesidad de alcanzar acuerdos que acerquen la Unión Europea a la realidad cotidiana, al devenir económico y al desarrollo sostenible, ya que “la Unión europea trasmite una imagen compleja y opaca, se ocupa siempre de lo institucional y no llega a tratar asuntos con mayor importancia para la opinión pública, como el cambio climático o el terrorismo”.
Ahora bien, a nadie se nos oculta que en asuntos sensibles, los acuerdos son difíciles de alcanzar. Como bien decía el castizo: “decidan lo que quieran mientras no me metan la mano en el bolsillo o las narices en mi propia cocina…”.
Conscientes de ello, el pasado 7 de diciembre, los embajadores de la Unión Europea, a propuesta de Sarkozy, acordaron la creación de “un grupo de reflexión”, compuesta al parecer por una docena de personalidades, en principio ajenas a la política y que dedicarán su tiempo y capacidad crítica (sic.) a dibujar el rostro que tendrá nuestra Unión en 2020-2030. En su agenda se echan de menos temas de profundo calado como la candidatura turca o las fronteras de nuestra Unión. Esperemos, por el bien de todos, que dichos temas se cuelen por algún resquicio de su capacidad crítica.
Nuestros sabios deberán examinar cuál es la mejor forma de garantizar la estabilidad y seguridad de los países miembros y de sus regiones vecinas.
El plan comercial se ensambla en el eje de este marco, dotando de líneas maestras estables a una actuación de cara al exterior, mientras, de puertas para adentro discutimos cómo nos organizamos.
Acordemos primero cómo deben vernos los demás, establezcamos alianzas en términos económicos de forma que la pertenencia a este selecto club sea por sí misma una ventaja, un anhelo tal vez. Se trata de demostrar al mundo, y a nuestros propios miembros, que la Unión funciona, genera riqueza y la expande allende sus fronteras.
Si, como Unión, se alcanzan los acuerdos previstos, si conseguimos remar al unísono en términos comerciales, sin pasar del blanco al negro, del amor al odio, o de la indiferencia al apego con otras regiones del mundo, dirimir si somos superpotencia o potencia modélica, será cuestión de matiz.
Nadie desea la disolución de las fronteras, ni la generación de un discurso único, está claro que la unanimidad o unicidad de pensamiento es imposible y además, lejos de enriquecernos nos llevaría a una enorme pérdida de riqueza cultural, que es precisamente lo que nos diferencia de alguna que otra “superpotencia”.
Sin embargo, la coherencia y la claridad de objetivos comunes nos permiten trazar rutas, avanzar al unísono, nos sirven de guía y nos ahorran muchos esfuerzos y dineros.
Esas rutas que busca crear la Unión Europea, pueden ayudar a nuestras empresas en su propio desarrollo, ya que éstas deberían poder beneficiarse de esos marcos desde una perspectiva absolutamente local y egoísta, aplicando aquí sí, la personalidad propia de cada una, su particular visión y objetivos comerciales, eligiendo entre los acuerdos marco aquellos que mejor sirvan a su propia estrategia comercial predefinida.
Ojalá, o Inch Allah –Dios lo quiera- como se decía en sus orígenes, realmente esta estrategia comercial evite amiguismos y bandazos diplomáticos o de política exterior, y allane el camino, siempre pedregoso, de la internacionalización de nuestras empresas.
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