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02 de Diciembre de 2008


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La inteligencia tecnológica cada vez es más valorada en las empresas, nos permite manejar información que minimiza el riesgo de nuestras decisiones.
04/06/2008 Clarke, Modet & Cº
Hace unos diez años el proceso sistemático de recogida, análisis y difusión de la información aparecía como un reto para las empresas españolas, un nuevo método de gestión que se presentaba como algo indefinido entre la gestión del conocimiento, la gestión de la información, el benchmarking y la transferencia de buenas prácticas.
Precisamente ese carácter impreciso que le confiere el estar basado en el análisis de la información, le proporcionaba también un handicap para la implementación del proceso en las organizaciones, acostumbradas a tratar con tangibles y no con informes abstractos que poco tenían que ver con la recién implantada gestión de la calidad, por poner un ejemplo.
Las organizaciones veían con escepticismo que un informe en donde se presentaba la información ordenada, filtrada, categorizada, contrastada, veraz y oportunamente, tuviera un valor más allá de la curiosidad.
Este escepticismo, achacable posiblemente a una cultura organizacional poco habituada a hacer del análisis de información un elemento fundamental para la toma de decisiones, ha ido cambiando con el tiempo, gracias a la insistencia de los pocos agentes, la experiencia de ciertas organizaciones y las iniciativas de países vecinos.
Estamos pasando del "qué es" al "para qué sirve" e incluso al "quién me puede ayudar en un proceso de inteligencia".
¿Por qué este cambio? ¿Qué razones han influido para esta nueva actitud?
La respuesta está desde luego en la propia definición de la inteligencia: un proceso de recogida, filtrado y análisis de la información enfocado a la toma de decisiones.
Si analizamos cada una de las fases del proceso, encontraremos la respuesta.
En la etapa de recogida nos encontramos con una gigantesca cantidad de fuentes y recursos de información: frente al artículo clásico, nos encontramos con todas las bases de datos privadas de publicaciones científicas, toda la digitalización de las noticias, todo un entorno normativo-legislativo, portales de información, blogs, foros y posts donde una información sobre producto y mercado permanece a la espera de que alguien le saque partido.
Eso sólo contando con la parte digital de la recogida de la información, a la que habría que sumar las revistas especializadas, libros y toda clase de literatura gris, eventos, seminarios, ferias, congresos, etc, todos ellos en diferentes idiomas, en un mundo global como el nuestro.
Es desalentador para cualquier empresa emprender una recogida sistemática de información en un mundo donde cada día aparecen miles de sitios web, y los que ya hay se alimentan con millones de registros nuevos.
Y una vez recogida la información nos enfrentamos a la tarea de filtrarla y analizarla. La etapa de filtrado es especialmente delicado ya que se trata de eliminar el "ruido" de la información relevante, aquella que aporta valor.
La tarea de examinar todos los documentos multi-lingues, multi-formato y dispersos se presenta como imposible. Es necesario contar con herramientas informáticas que sistematicen el proceso de la eliminación de la información no pertinente; sin embargo ninguna máquina es suficientemente inteligente como para determinar si un determinado documento nos es útil o no lo es en un cierto momento: la labor del especialista humano se hace indispensable: un equipo experto en la gestión de la información, ayudando a la máquina a filtrar los resultados.
Y finalmente la tarea de análisis es imposible. No existe tiempo material para un ser humano para poder procesar esa información ya filtrada: no es posible leer once millones de documentos, sintetizarlos y extraer conocimiento. La importancia de los software de análisis es crucial, orquestados por analistas y gestores de información, que transforman la información en conocimiento.
Por tanto, ésta es la razón de la implantación de la inteligencia: la existencia de una cantidad de información imposible de manejar por un ser humano, la necesidad de la veracidad de la información, y el poder disponer de ella en el momento adecuado. La inteligencia tecnológica da una solución a esos retos: frente a la enorme cantidad de información cuenta con una sistemática y unas herramientas de recogida; frente al filtrado y análisis, cuenta con herramientas potentes y un equipo humano dedicado a ello que proporcionarán la información que necesite cada persona en el momento preciso.
En un entorno cambiante, la búsqueda de la certidumbre se convierte en uno de los principales objetivos de la estrategia empresarial; no hay ninguna herramienta de gestión que busque la certidumbre de manera tan certera como la inteligencia.
Sergio Larreina
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